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El
discurso de muchos políticos se plaga hoy de invocaciones a la ética,
reduciendo ésta al plano individual...casi al de las cualidades personales,
señalando con dedo firme la corrupción. Curiosamente, el hecho
más alto de corrupción, aquel que trasciende lo individual y compromete
no solo nuestra existencia sino la de nuestros hijos es callado. Nos referimos
a la deuda externa.
La magnitud de dicha deuda, su impacto en la economía
y las consecuencias en el plano social y político, hacen que éste
sea el problema de corrupción más grave que debe resolver Argentina.
Según fuentes oficiales, la deuda externa, supera
hacia mediados del 2000 los 155.000 millones de dólares, lo
cual nos coloca para los organismos financieros internacionales como un país
severamente endeudado, lo cual torna a la situación insostenible y
las restricciones que le impone al progreso económico y social de la
Nación se pueden apreciar al considerar que:
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Al
reingresar a la democracia en 1983, el Justicialismo pidió a través de sus
diputados una investigación sobre este endeudamiento y no solo el oficialismo
se opuso sino que, en 1985, disolvió la comisión del Banco Central que estudiaba
la legitimidad del endeudamiento privado y completó la «nacionalización» de
dicha deuda.
En 1989, en medio de un proceso de hiperinflación, disolución
social y retroceso económico, el Justicialismo se hizo cargo del Gobierno
por mandato popular. Las urgencias del momento impedían abordar el tema de
la deuda y fue necesario abocarse a la reforma del estado y el ajuste estructural
de la economía desquiciada por la cultura de la especulación. Mucho se hizo
y desde el punto de vista que nos interesa se eliminó el défict fiscal, la
inflación y el comercio exterior se triplicó pero no se logró transformar
este crecimiento en progreso social producto del peso que la deuda externa
y las presiones de los acreedores sobre las políticas de nuestro país ejercían.
Cada vez que llegamos a este punto, tanto los descarnados
defensores de los intereses de este capitalismo abstracto -al que se insita
a combatir desde nuestra marcha- como los políticos «eticistas» inmediatamente
estallan con un "¡Hay que pagar! Ya que existe una continuidad jurídica del
estado argentino que contrajo la deuda con el actual y porque ésta se ha atomizado
por medio de los bonos Brady en cientos de miles de particulares". A ello
le respondemos con el fallo del juez Ballestero y con el artículo 737 del
Código Civil, que sostiene que si una obligación es ilícita, arrastra la ilicitud
a las acciones que se derivan de ella. Por lo tanto aquí hay un campo de negociación
abierto.
Por
otro lado, el engrosamiento de la deuda no es producto de nuevo endeudamiento
sino de la refinanciación de la misma. Seremos claros: en el primer semestre
del 2000, la tasa de interés internacional oscilaba entre el 6.2% y 6.6% anuales
sin embargo, Argentina tomó créditos con intereses entre el 11.27% y el 12%
anual. Esa diferencia de casi el 100% se la denomina técnicamente «riesgo
país» y está determinado por una evaluación que realizan empresas que
trabajan para los grandes bancos y organismos financieros internacionales;
por ejemplo, la renuncia del Vicepresidente de la Nación Carlos Alvarez produjo
una suba en el riesgo país. En otras palabras, es la herramienta de la
usura internacional que nos condena a vivir endeudados (nunca podemos
descontar capital por pagar cada vez más interés) y a incrementar esa deuda
con mayor refinanciación.
Para ser claros, tomemos encuenta que hablando exclusivamente de los intereses,
los argentinos pagamos más de 1 millón de dólares por hora. Y estos intereses
son crecientes llegando a 11.000 millones en el 2001 y a 13.000 millones en
el 2002. Obviamente, si apenas llegamos -a costa de ajustes- a pagar intereses
nunca lograremos avanzar en un desarrollo sostenido y es lícito recordar aquí
el pensamiento del Gral. Perón cuando sostenía que no hay grandeza de la Patria
sin felicidad del Pueblo.
Por eso, asumiendo la responsabilidad política de esta causa nacional, verdadera
asignatura pendiente en Argentina, es que propongo que comencemos a dialogar
sobre cual será nuestro futuro y cual la herencia que dejaremos a nuestros
hijos.
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