LA
IDEOLOGÍA DE LA NO-IDEOLOGÍA
El cambio repentino del marco histórico, descubrió a nivel
mundial la caducidad de los antiguas formas y liderazgos ideológicos.
Aunque este fenómeno fuera visto por los presuntos triunfadores,
como el fin de los acontecimientos históricos (Fukuyama) y la vigencia
del reino de la felicidad, no dejó de tener las mismas consecuencias:
La lucha por las ideas había perdido gran parte de su aspecto
místico. Se habían debilitado las grandes concepciones
del mundo que tenían solución para todos los problemas universales
y que ofrecían una lente con que interpretar todos los acontecimientos
del mundo.
En realidad, el hombre no había perdido su capacidad de pensar, como
parecen indicar algunos pensadores, pero de repente habían cambiado
los marcos históricos que hasta ese momento no habían estado
en discusión, y lo fundamental, que habían servido durante
mucho tiempo de referencia a la discusión anterior.
Semejante cambio, que a nivel histórico será interpretado
alguna vez como una normal transformación cultural, a nivel político
se vive como una crisis sin precedentes. La ausencia de marcos de referencia
produjo la visión de corto plazo de vaciamiento del pensamiento
político. Lo grave es que, si bien bastante irracional, la simpleza
de este razonamiento ofreció así una salida fácil.
Y como en toda época de crisis no podía faltar la aparición
de la decepción, el fatalismo o el cinismo triunfalista, simplificándolo
todo. Si lo ideológico había caducado, era fácil proclamar
la "muerte de las ideologías". Que en realidad no pude
ser otra cosa que la ideología de la no-ideología.
Claro que en nuestro caso no fue la interpretación filosófica
de aquellos que se creían ganadores de una guerra, sino la santificación
de la pereza intelectual, del no-pensamiento con toda la gama de contradicciones
que esto implicaba.
De esta manera, sin darnos cuenta que - mal o bien- el mundo de lo ideológico
significaba la vigencia de un orden de valoración, amparados en un
retraimiento de los sentimientos populares, se propuso alegremente la vigencia
del mundo desideologizado, un mundo pragmático, un mundo que, sin
expresarlo taxativamente, también implicaba un fuerte deterioro de
las escalas valorativas. En vez de buscar la confluencia de nuestro ser
político con la coyuntura histórica, fue más fácil
la vacua adaptación. Así, entre el peso de una fuerte tradición
de sufrimientos y de glorias y una salida política que aparecía
como irremediablemente contradictoria, pocas eran las salidas que cualquier
activista podía tener. Cuanto más consciente fuera esta
contradicción más personal, interesada, burocrática,
decepcionada, rapaz o cínica tenia que ser su actitud.
EL
PARTIDO POLÍTICO Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Antes, la adhesión a doctrinas y liderazgos estructurados ofrecía
la seguridad de objetivos políticos de cierta permanencia. Por esta
razón el Partido Político constituía una abigarrada
red de canales de comunicación por donde circulaban tanto las directivas
como la consulta a la opinión pública. En general, la voz
de la voluntad partidaria era la confirmación más o menos
duradera de idearios y conducciones establecidos. La fuerza de la convicción
daba cierta permanencia a la adhesión. El Pueblo opinaba a través
de su adhesión, y como su adhesión era fuerte, su opinión
también. En el Peronismo esta situación fue particularmente
marcada, pues su estructuración siempre descansó sobre una
constante manifestación de esa adhesión.
Ahora, se ha transformado la realidad de las estructuras políticas.
La caducidad de las metafísicas políticas ha debilitado al
Partido como estructura de comunicación y le ha quitado a la adhesión
su carácter estable. Sin embargo, este fenómeno no modificó
en forma notoria el ejercicio de la conducción. La inercia de la
actividad política de alto perfil de liderazgo, llevó
a la dirigencia en general a la búsqueda del mantenimiento de altos
niveles de adhesión que los antiguos nucleamientos partidarios se
habían tornado incapaces de darle. De estas forma, la vía
de rápido contacto con la ciudadanía pasaron a ser los medios
de comunicación los cuales fueron usados para reemplazar las estructuras
partidarias. En la Argentina, a partir de l983 en donde queda palmariamente
establecido su poder.
Pero a diferencia de esas estructuras, los medios no ofrecen la posibilidad
del retorno de opinión que la fluctuación de una adhesión
estable ha transformado de vital necesidad. Sin ese retorno la dirigencia
parece quedar aislada. De esta forma, la operación política
a través de los medios de comunicación y el sondeo de opinión
surgen como un nuevo elemento de la política.
Dos nuevos elementos han aparecido así, en la práctica política:
el manejo del nuevo ámbito mediático y la difícil tarea
de interpretación de las respuestas que el Pueblo da frente a las
preguntas de sus nuevos dirigentes-encuestadores. Los dos han sido manejados
con pautas influenciadas por la antigua política partidaria y han
generado dos problemas que están siendo planteados a lo largo y a
lo ancho del mundo: el poder de un factor ajeno a la actividad política:
la prensa; y el fuerte deterioro de la "clase" política,
que a falta de otro sistema de representación, no deja de ser un
ocultamiento del concepto de "voluntad general".
Concluyendo, sin tener una visión clara de como evolucionará
mundialmente el ejercicio de la actividad política, es probable:
que el hecho de que se haya opacado la lente ideológica que permitía
a la gente interpretar dogmáticamente acontecimientos lejanos con
la seguridad de un entendido, revalorice la función del ámbito
de militancia política, de su entorno próximo, o sea, la descentralización
de la representación política en consonancia con el movimiento
de descentralización que está sufriendo el Estado. Por otro
lado, que el excesivo poder de la prensa y el deterioro de imagen de la
actividad política ambos sean mitigados por un perfil más
bajo y eficiente de la dirigencia política.
LA
NUEVA PERSONALIDAD DEL "VACÍO POLÍTICO" PERONISTA
Cometeríamos
un error si creyéramos que la pérdida de identidad ha consistido
solo en una mecánica adopción de ideas liberales conservadoras,
extrañas al Movimiento y el mantenimiento de una superficial liturgia
Peronista. Si así fuera, la acusación de traición sería
lo correcto. El engaño sería la culpa. No es tan sencillo.
Nadie puede dejar de ser lo que fue, sin que eso que fue sea una parte muy
importante de lo que quiere ser. En realidad, ambos aspectos, entrelazados,
estuvieron presentes en la acción dirigencial peronista. La adopción
sin crítica de ideas otrora enemigas y la persistencia de viejos
atavismos peronistas fue la mezcla explosiva que aguzó los aspectos
más ingenuos, oscuros y ridículos del nuevo modelo político.
De esta manera, la Doctrina Peronista, junto a otros símbolos del
más ortodoxo 45 fueron reducidos a una liturgia decadente y contradictoria
de lo que fue la copia más despiadada y terrible de todos los malos
hábitos de la "tilinguería" porteña, hoy
rebautizada con el conocido mote de "ricos y famosos".
Esta simbiosis montada en un ambiente de desilusión ideológica
generó una nueva y deformante cultura dirigencial - por decirlo de
alguna manera- cuyos rasgos sobresalientes podríamos sintetizarlos
en tres aspectos fundamentales:
1) La amoralidad como fenómeno político.
La utilización del término "corrupción" para
hacer referencia a los hechos más difundidos y conocidos de la política
contemporánea, no traduce en su justa medida política la significación
del fenómeno. En general, se afirma la superficial impresión
de una falla en los mecanismos de control o en la moral individual de los
funcionarios y por lo tanto, el problema adquiere ribetes éticos
o metodológicos.
Es cierto que nadie puede permanecer impávido frente a los hechos
y que lo instrumental siempre será el elemento corrector de la falta
de moral individual; pero políticamente el fenómeno es más
profundo. El nuevo modelo pragmático edificado sobre la base de un
peronismo decepcionado, afloró una nueva cultura de mando. En ella
el problema no consiste en lo que se suele definir como la práctica
asidua de la "corrupción", sino en una concepción
del poder como sinónimo de impunidad. A decir verdad, la impunidad,
siempre ha sido una consecuencia secundaria en el ejercicio del poder que
tiende a resaltar un fenómeno subalterno: el privilegio, el relajamiento
del contenido de las leyes y procedimientos para los depositarios de la
autoridad.
Aquí, el acento de la representación no esta puesto en las
fuentes del poder, en la capacidad de conducir, o en la capacidad de convencer,
es decir, en la capacidad de generación de respeto; sino, a la inversa,
en una de sus consecuencias, la más despreciable. De esta manera,
invirtiendo el razonamiento, una consecuencia, la arbitrariedad,
pasa a ser la causa y el único símbolo del poder. No será
una novedad señalar que históricamente ha sido un rasgo imposible
de anular completamente, pero que paulatinamente ha pasado más desapercibida
cuanto más organizado, eficiente y representativo es un gobierno.
Definir esta actitud solo como simple "soberbia" -si bien no está
para nada exenta de ella- sería una simplificación que restaría
cierto aspecto de alambicado y oculto desprecio hacia aquellos a los que
se conduce y se dice representar.
2) El Show como sistema político
El creciente desinterés social por el fenómeno político
a la manera tradicional, llevó a la aparente "formalización"
de la actividad política. El nuevo método se transformó
en una especie de teatralización de golpes de efecto. Si la
política ya no concitaba atención por sus interpretaciones,
y si de ninguna manera se aceptaba un bajo perfil sin grandilocuencias,
se buscó llamar la atención por otros medios, en general más
ligados a las normas de puesta en escena de un espectáculo que a
cualquiera de los métodos conocidos de divulgación política.
En realidad no existe el vacío. En la acción política
todo tiene una intencionalidad. Incluso el silencio manifiesta una intención.
Así como la Chicholina - célebre precursora italiana de este
método- creía que el sexo era el elemento detonante para el
golpe de efecto, aquí el elemento determinante fue la mostración
del poder impune. Ningún dirigente que se preciara de tal podía
dejar de manifestar que estaba "en la cosa", y si no lo estaba,
lo debía inventar. Ningún dirigente que se preciara de tal
podía dejar de estar en el "reparto". El objetivo fundamental
era aparecer en alguna revista de moda mostrando sus alhajas, su platería
o mostrando una casa recién comprada que evidentemente no concordaba
con el monto de sus ingresos. De esta manera, la fuente de poder se transformó
en la mostración de algo simbólico, importante, inusual, y
esto importante era todo lo que se podía hacer en función
del privilegio de ser funcionario.
3) El seguidismo circular como método político
Se defina como se defina la conducción política, es indudable
que su ejecución está y estará siempre relacionada
con el manejo de objetivos a corto o largo plazo. En la asignación
de los mismos se encuentra el arte de ejercicio político. Pero he
aquí que desaparecida la seguridad que daba la estabilidad de la
adhesión, la facilidad de las encuestas ofreció la vana ilusión
de gobernar en función del preguntar; no solo por aquellas
cuestiones operativas que completan el mandato popular, sino por todo,
lo de corto y lo de largo plazo, lo específico y lo general. Es decir,
de gobernar siguiendo la pista de las respuestas. O sea, de reemplazar
la trabajosa tarea de fijar metas, por el preguntar. La paradoja de este
razonamiento nos lleva a que cuanto más desaparecen las metas del
gobernar, indefectiblemente más se diluye el ejercicio de la conducción
política.
Tanto se perdieron los mínimos objetivos de la función pública
y tanto se despreció la función electoral del dar explicaciones
coherentes de lo que se hace, que la acción de modificar diariamente
la realidad para adaptarla -como si ello fuera posible- a la "respuesta
popular" quedó instalada públicamente como objetivo de
gobierno. Gobernar se transformó así en seguir una interpretación
errática de respuestas a preguntas erráticas. Así,
todas las medidas de gobierno, cuyo único interés fue mostrar
su interés, más que a darle solución a los reclamos,
fueron orientadas a identificarse con los reclamos. El procedimiento no
fue prever los problemas antes de que se declaren, para lo cual es necesario
tener una ideario de gobierno y gobernar sobre cosas que generalmente no
son vistas en forma inmediata, sino correr detrás de ellos una vez
declarados, cuando ya no tienen una rápida solución y cuando
la misma es mucho más costosa que si se la hubiera previsto.
Así, los sondeos de opinión se han transformado en una carrera
desenfrenada detrás de la última encuesta, en donde la historia
política del movimiento no llega más allá de la última
encuesta, y la proyección al futuro no supera ni interesa que supere
la fecha de la próxima. El seguidismo de la opinión popular
sin tener la más mínima idea de su interpretación
se transforma en la mejor imagen del perro que corre detrás de
su cola, nunca la alcanza y está cada vez más cansado.
EL
FUTURO DEL PERONISMO
El
Peronismo, lanzado a una carrera mediática, de tanto cuidar lo que
algunos dirigentes creyeron que era su "imagen popular", descuidó
aquella parte de la imagen que es incorporada por los sectores que con su
militancia y con su actividad racional, regeneran la imagen -entendiendo
por imagen todo aquello que hace a su personalidad política, sus
ideas, sus dirigentes, su estructura, sus formas de conducir, de gobernar
o de discutir, etc.-. Es decir los sectores medios de la sociedad y su juventud.
Apegado a una imagen muy circunscripta por una concepción del poder,
despreció como conspiración "gorila" toda observación,
que aunque fuera conspirativa verdaderamente, contenía advertencias.
En las últimas elecciones, el Peronismo no perdió la adhesión
popular -de seguir así esa la perderá en un futuro próximo-
perdió todo aquello que lo hacía interesante para esos estratos
sociales mencionados. Es decir, perdió su coherencia racional. Esto
no significa que no fueran expresadas las ideas -siempre se expresa alguna-
sino que ellas, a fuerza de ser mecánicas transposiciones de lo que
se consideraba la última palabra de los "triunfadores"
del colapso histórico, fueron contradictorias y despectivas de lo
que se decía representar. De esta manera el Peronismo no pudo zafar
de los aspectos más oscuros con que repercutió en Latino América
la crisis de representación de los países centrales. Adquirió
así la fisonomía -o la falta de fisonomía- de un Partido
Conservador de República Bananera.
Si
bien es cierto que el Peronismo, por ser un pensamiento nacional y popular,
ha tenido enfrentamientos ideológicos con lo que dio en llamarse
la "inteligentzia" -y que Jauretche satirizó tan bien-
esto formaba parte de una discusión con el pensamiento liberal. Siempre
el Peronismo tuvo una rica actividad política o ideológica
que le otorgó el favor de sectores jóvenes de la sociedad
-recuérdese "los flor de ceibo" en la universidad del 45,
el movimiento intelectual en torno a la revista "Hechos e Ideas",
el congreso internacional de Filosofía del 49 o el gran movimiento
cultural que rodeó al Peronismo del 73-. Es cierto que tuvo sus contracaras,
pero también, que la lucha que se generó en torno a las mismas
sirvió para recuperar la imagen perdida.
No es la misma situación, estamos ante un enorme cambio del marco
mundial que generaliza la discusión y la búsqueda. En la medida
que sepamos asumir esta con la coherencia de nuestra historia y la vocación
necesaria, dejaremos de ser meros repetidores y exageradores de eslogans
internacionales que tienen la duración de su propia inseguridad.
Solo asumiendo este desafío podremos salir de la sensación
de derrota que nos abruma. Aunque no lo parezca, este desafío estuvo
presente cada vez que el Peronismo pudo hacer triunfar su punto de vista.
Solo asumiendo la discusión no dada, podremos salir de la crisis
que exalta los aspectos más oscuros de nuestra personalidad política.
Hugo
A. FRANCO
Diciembre
de 1997