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Introducción
A
pesar de que la Declaración Internacional por los Derechos del Hombre
existía desde la segunda posguerra mundial, los argentinos no nos habíamos
visto compelidos a desempolvar sus páginas hasta Marzo de 1976, época
en que el plan de exterminio sistemático de opositores puesto en práctica
por la Junta Militar -apelando a métodos aberrantes y desconocidos
hasta entonces- tornó imprescindible aprender al dedillo sus preceptos.
Así, las urgencias planteadas por los familiares de los represaliados
-la vida de los desaparecidos y la libertad de los presos- tornarían
estos dos derechos en reclamos casi excluyentes. Los peronistas -no obstante-
contábamos con la memoria de una década feliz (1945-55) en la
que, sin apelaciones grandilocuentes a la causa de los "derechos humanos"
habiamos conocido en la práctica el cumplimiento de los derechos
sociales prescritos en la inolvidable Constitución de 1949
(salud, vivienda, educación, etc.).
Reemprendida por el sindicalismo rebelde, la lucha por la recuperación
de nuestra dignidad también supone la de la recuperación de
nuestra identidad. Esto hace menester -por ende- retomar el debate de los
grandes temas nacionales pendientes. Y uno de los más costosos
de analizar -tanto por su carácter inédito como por su complejidad-
tal vez sea el de la desaparición forzada de personas. Este artículo
intenta cuestionarse qué le hicieron a nuesta sociedad con dicho método,
y qué hizo ella ante el mismo.
¿Porqué
hubo detenidos-desaparecidos?
El
2 de Abril de 1976, levantando la consigna de "Achicar el Estado es agrandar
la Nación", el Ministro de Economia José Alfredo Martinez
de Hoz (nieto del fundador de nuestra Sociedad Rural), dio a conocer los
lineamientos generales de un modelo socioeconómico que haría
imprescindible la eliminación de la conciencia crítica de los
argentinos, acumulada y enriquecida durante más de veinte años
de lucha. De ese modo quedaria sellada la "obediencia debida" de
la clase gobernante a la Doctrina de Seguridad Nacional, libreto con
que el Pentágono instruía por aquel entonces a los Terrorismos
de Estado latinoamericanos. Seria necesaria primero la desaparición
de la dirigencia más calificada del campo popular, para hacer desaparecer
luego el plato de comida de todos los hogares humildes.
Conquistada más tarde la incompleta democracia con la que aún
lidiamos, no tardaria en hacerse evidente la "obediencia debida"
de la clase política al Fondo Monetario Internacional, cuya
exigencia de ajustes constantes recuerda la frase de Eduardo Galeano "el
desarrollo es una nave con más náufragos que tripulantes".
Asi es -por ahora- la democracia que el genocidio nos legó. Y en la
que la generación más altruista y visionaria que tuvimos es
reivindicada todavia con cautela.
¿Cómo evolucionó el abordaje de la
desaparición por parte de la sociedad?
Ya
no sorprende a nadie afirmar que el autodenominado Proceso de Reorganización
Nacional contó con el apoyo tácito de vastos sectores de la
clase media (si la UCR es una de sus referencias políticas, no debemos
olvidar que uno de sus máximos dirigentes, Don Ricardo Balbin, exhortó
a luchar contra la "guerrilla industrial"). Pero tal vez cause escozor
reconocer que recurriendo a la remanida frase "en algo andarían...",
gran parte de la sociedad civil estaba reconociendo como ajenas a las futuras
víctimas y librándolas de tal modo a la suerte que después
corrieron. Asi seria en tiempos de máxima represión.
Durante el frágil "remanso" que supuso la transición
democrática, no pocos familiares de las víctimas, ya nucleados
en los diversos organismos de derechos humanos, y merced a las secuelas del
terrorismo de estado, caerían en la trampa de dotar a sus desaparecidos
de cierta asepsia en materia de compromisos ("figuraba en una
agenda...", "fue al lugar que no debía...").
Ya en vigencia del orden constitucional, de la mano de la revelación
de acontecimientos tan indigeribles como el robo de bebés o la eliminación
de niños y adolescentes, circularía fugazmente el "mito
de la inocencia absoluta" del desaparecido menor de edad (denominado
"perejil", por ejemplo, en la película "La noche de
los lápices" de Héctor Olivera) para facilitar su confrontación
con el desaparecido adulto, supuestamente responsable y capaz de acometer
formas violentas de lucha.
Pero el "hueso más difícil de roer" en materia de
malversación de la historia de lucha reciente de nuestro pueblo, acaso
sea la aún arraigada "Teoria de los dos demonios",
construcción subjetiva originada en el pensamiento hegemónico
de aquellos sectores medios otrora cómplices de la dictadura y luego
sostenes de una democracia condicionada, que buscan en la satanización
especular de represores y reprimidos quitarse el sayo de tomar partido por
alguno de los verdaderos términos del enfrentamiento histórico
que nos aqueja : Adoptar un modelo foráneo o autodeterminar nuestro
destino.
¿Qué
sentidos adopta aún la desaparición?
Vivimos
en una sociedad que todavía se recupera del horror vivido. Pocas disciplinas
del saber han avanzado significativamente en hacerse cargo de la enorme herida
social que heredamos (en parte la siquiatria, otro tanto el derecho, significativamente
el arte...).
Aún cuesta asimilar -no obstante- el embate contranatura que supone,
para el familiar directo del desaparecido, la sensata presunción
de una muerte que -sin embargo- nunca termina de ocurrir. Y es que la fórmula
acuñada por los genocidas viola las más remotas tradiciones
antropológicas de un duelo concebido por la humanidad para disponer
del testimonio fehaciente de la pérdida irreparable. Esos "argentinos
sin tumba" viven y mueren cotidianamente, pues, en la conciencia de sus
seres queridos, condenados a padecer un gerundio interminable.
En el seno de la militancia, los ausentes son presencia cada vez que
cuesta organizar un debate, una marcha, una concentración. Cada vez
que la realidad "no cierra" y las respuestas se demoran. Cada vez
que confluímos a pelear palmo a palmo de dignidad y -por ejemplo- la
dirigencia rebelde aún permanece inexplicablemente dividida. O cada
vez que llenamos una plaza de esperanza pero no damos en el clavo para llenar
las urnas con una herramienta que transforme en política esa lucha
social. Asi funciona a diario la ausencia de los mejores.
Para el pueblo, en general, de todos modos (y cada vez con más
fuerza a partir de la vigésima conmemoración del golpe), aquellas
blancas siluetas se van rellenando de generosa biografía y contagiosa
identidad y -más temprano que tarde- han de adquirir su exacta dimensión
: La del patrimonio moral más valioso con que contamos los argentinos
a la hora de repensar el futuro.-
JORGE D. FALCONE
Militante peronista y
hermano de una desaparecida.
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