Misterios argentinos :
COMO SE CONSTRUYE UN DESAPARECIDO

por Jorge Falcone

Introducción

A pesar de que la Declaración Internacional por los Derechos del Hombre existía desde la segunda posguerra mundial, los argentinos no nos habíamos visto compelidos a desempolvar sus páginas hasta Marzo de 1976, época en que el plan de exterminio sistemático de opositores puesto en práctica por la Junta Militar -apelando a métodos aberrantes y desconocidos hasta entonces- tornó imprescindible aprender al dedillo sus preceptos. Así, las urgencias planteadas por los familiares de los represaliados -la vida de los desaparecidos y la libertad de los presos- tornarían estos dos derechos en reclamos casi excluyentes. Los peronistas -no obstante- contábamos con la memoria de una década feliz (1945-55) en la que, sin apelaciones grandilocuentes a la causa de los "derechos humanos" habiamos conocido en la práctica el cumplimiento de los derechos sociales prescritos en la inolvidable Constitución de 1949 (salud, vivienda, educación, etc.).
Reemprendida por el sindicalismo rebelde, la lucha por la recuperación de nuestra dignidad también supone la de la recuperación de nuestra identidad. Esto hace menester -por ende- retomar el debate de los grandes temas nacionales pendientes. Y uno de los más costosos de analizar -tanto por su carácter inédito como por su complejidad- tal vez sea el de la desaparición forzada de personas. Este artículo intenta cuestionarse qué le hicieron a nuesta sociedad con dicho método, y qué hizo ella ante el mismo.

¿Porqué hubo detenidos-desaparecidos?

El 2 de Abril de 1976, levantando la consigna de "Achicar el Estado es agrandar la Nación", el Ministro de Economia José Alfredo Martinez de Hoz (nieto del fundador de nuestra Sociedad Rural), dio a conocer los lineamientos generales de un modelo socioeconómico que haría imprescindible la eliminación de la conciencia crítica de los argentinos, acumulada y enriquecida durante más de veinte años de lucha. De ese modo quedaria sellada la "obediencia debida" de la clase gobernante a la Doctrina de Seguridad Nacional, libreto con que el Pentágono instruía por aquel entonces a los Terrorismos de Estado latinoamericanos. Seria necesaria primero la desaparición de la dirigencia más calificada del campo popular, para hacer desaparecer luego el plato de comida de todos los hogares humildes.
Conquistada más tarde la incompleta democracia con la que aún lidiamos, no tardaria en hacerse evidente la "obediencia debida" de la clase política al Fondo Monetario Internacional, cuya exigencia de ajustes constantes recuerda la frase de Eduardo Galeano "el desarrollo es una nave con más náufragos que tripulantes". Asi es -por ahora- la democracia que el genocidio nos legó. Y en la que la generación más altruista y visionaria que tuvimos es reivindicada todavia con cautela.


¿Cómo evolucionó el abordaje de la desaparición por parte de la sociedad?

Ya no sorprende a nadie afirmar que el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional contó con el apoyo tácito de vastos sectores de la clase media (si la UCR es una de sus referencias políticas, no debemos olvidar que uno de sus máximos dirigentes, Don Ricardo Balbin, exhortó a luchar contra la "guerrilla industrial"). Pero tal vez cause escozor reconocer que recurriendo a la remanida frase "en algo andarían...", gran parte de la sociedad civil estaba reconociendo como ajenas a las futuras víctimas y librándolas de tal modo a la suerte que después corrieron. Asi seria en tiempos de máxima represión.
Durante el frágil "remanso" que supuso la transición democrática, no pocos familiares de las víctimas, ya nucleados en los diversos organismos de derechos humanos, y merced a las secuelas del terrorismo de estado, caerían en la trampa de dotar a sus desaparecidos de cierta asepsia en materia de compromisos ("figuraba en una agenda...", "fue al lugar que no debía...").
Ya en vigencia del orden constitucional, de la mano de la revelación de acontecimientos tan indigeribles como el robo de bebés o la eliminación de niños y adolescentes, circularía fugazmente el "mito de la inocencia absoluta" del desaparecido menor de edad (denominado "perejil", por ejemplo, en la película "La noche de los lápices" de Héctor Olivera) para facilitar su confrontación con el desaparecido adulto, supuestamente responsable y capaz de acometer formas violentas de lucha.
Pero el "hueso más difícil de roer" en materia de malversación de la historia de lucha reciente de nuestro pueblo, acaso sea la aún arraigada "Teoria de los dos demonios", construcción subjetiva originada en el pensamiento hegemónico de aquellos sectores medios otrora cómplices de la dictadura y luego sostenes de una democracia condicionada, que buscan en la satanización especular de represores y reprimidos quitarse el sayo de tomar partido por alguno de los verdaderos términos del enfrentamiento histórico que nos aqueja : Adoptar un modelo foráneo o autodeterminar nuestro destino.

¿Qué sentidos adopta aún la desaparición?

Vivimos en una sociedad que todavía se recupera del horror vivido. Pocas disciplinas del saber han avanzado significativamente en hacerse cargo de la enorme herida social que heredamos (en parte la siquiatria, otro tanto el derecho, significativamente el arte...).
Aún cuesta asimilar -no obstante- el embate contranatura que supone, para el familiar directo del desaparecido, la sensata presunción de una muerte que -sin embargo- nunca termina de ocurrir. Y es que la fórmula acuñada por los genocidas viola las más remotas tradiciones antropológicas de un duelo concebido por la humanidad para disponer del testimonio fehaciente de la pérdida irreparable. Esos "argentinos sin tumba" viven y mueren cotidianamente, pues, en la conciencia de sus seres queridos, condenados a padecer un gerundio interminable.


En el seno de la militancia, los ausentes son presencia cada vez que cuesta organizar un debate, una marcha, una concentración. Cada vez que la realidad "no cierra" y las respuestas se demoran. Cada vez que confluímos a pelear palmo a palmo de dignidad y -por ejemplo- la dirigencia rebelde aún permanece inexplicablemente dividida. O cada vez que llenamos una plaza de esperanza pero no damos en el clavo para llenar las urnas con una herramienta que transforme en política esa lucha social. Asi funciona a diario la ausencia de los mejores.
Para el pueblo, en general, de todos modos (y cada vez con más fuerza a partir de la vigésima conmemoración del golpe), aquellas blancas siluetas se van rellenando de generosa biografía y contagiosa identidad y -más temprano que tarde- han de adquirir su exacta dimensión : La del patrimonio moral más valioso con que contamos los argentinos a la hora de repensar el futuro.-


JORGE D. FALCONE
Militante peronista y
hermano de una desaparecida.