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Los
actuales debates sobre la problemática del sector generados a partir
de una propuesta del actual Secretario del área, Lic. Dante Caputo,
nos mueven a la reflexión acerca de lo que ocurrió cuando los
justicialistas fuimos gobierno. Es conveniente que hagamos esta visión
retrospectiva para que el dia de mañana podamos consolidar una política
sectorial partidaria que involucre activamente a quienes son actores en este
ámbito: los científicos, innovadores tecnológicos y las
empresas que se abastecen de los recursos del pensamiento creador. No entraré
en la parafernalia que desataron declaraciones que, por otra parte, aún
no constituyen un proyecto legislativo firme. Solo trataré de recordar
algunos puntos que me parece sustantivos en este tema.
En primer
lugar es bueno recordar que la preocupación por el desarrollo científico
y tecnológico del país se instala a partir del Primer y Segundo
Plan Quinquenal del general Perón. Es así que como fruto de
ellos se crea la Secretaría Técnica de la Presidencia de la
Nación, bajo cuya jurisdicción, en 1953, se crea el Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
Esto es bueno recordarlo porque hubo muchos funcionarios de nuestro anterior
gobierno que, por compromisos con sectores gorilas, preferían no decirlo.
El derrocamiento
del general Perón en 1955 dejó vacante una estructura del Estado
que fue rescatada por Bernardo Houssay dos años más tarde. Este
no solo le dio continuidad sino que la impulsó definitivamente como
institución del estado nacional dedicada a la financiación y
promoción científica y tecnológica de Argentina. Sus
ideas no estaban lejos de las que propulsara el Plan Quinquenal, especialmente
en lo referido a que estos objetivos deberían tener un verdadero alcance
nacional. De nada serviría hacer ciencia y tecnología solo en
Buenos Aires. Creía que lo más conveniente para el país
era que esta tenga apoyo con la misma intensidad tanto en la Capital, como
en Ushuaia o en Tucumán.
Houssay
condujo el CONICET hasta su muerte en 1971 y, cuando en 1973 nuevamente el
Justicialismo llegó al poder, se designó en el CONICET al Dr
Vicente Ciccardo, un hombre de empuje, que conocía ciencia y que era
allegado al ámbito gremial. En su gestión se impulsó
fuertemente el desarrollo del sector científico, no solo protegiendo
los recursos humanos disponibles sino también proyectando la creación
y desarrollo de centros de investigación en el interior del país.
Nuevamente el golpe del 76 afectó fuertemente al sector. Persecusiones
políticas y desaceleración de proyectos fue la resultante de
esta etapa negra de la historia argentina que llegó hasta la reinstalación
de la democracia en 1983.
Creíamos
que a partir de entonces el ámbito científico-tecnológico
tendría nuevamente impulso, pero lamentablemente no hubo claridad ni
convicción entre los allegados al radicalismo que ocuparon la Secretaría
de Ciencia y Técnica. Manuel Sadosky, Rebeca Guber y Carlos Abeledo
más se preocuparon de "cobrar" sus facturas políticas
que facilitar el desarrollo científico nacional. Fue una etapa también
oscura, hubo de todo desde el "becado" a los activistas de Franja
Morada, interferencias sobre los que eramos justicialistas hasta el acceso
a todos los niveles de sus conmilitones que, en muchos casos eran verdaderos
"comisarios políticos". Para esta etapa el interior del país
prácticamente no existió. Para recibir algo era necesario recurrir
al favor de los circunstanciales habitantes de calle Córdoba al 800.
Con la política del SAPIU se trató de eliminar investigadores
de carrera ofreciéndoles una sobreasignación en las universidades.
Una vez logrado que el incauto renuciara al CONICET, en su cargo ponían
hombres de confianza del terceto ya mencionado. Es por ello que en las cifras
de planta de personal no se notaban las "bajas", tal es así
que hacia 1989 el CONICET aún mantenía en su haber unos 1.900
investigadores.
Cuando
nuevamente llegamos al gobierno Carlos Menem puso en la Secretaría
de Ciencia y Tecnica al recordado Raúl Matera. Hombre de gran simpatía
personalidad que desde sus conocimientos de neurocirujía era muy buen
conocedor de aciertos y debilidades del sector. Además de buena persona
era, por sobre todo, un peronista de la primera hora. No me equivoco al afirmar
que fue uno de los hombres de mayor brillo que tuvo nuestro gobierno y por
lejos el mejor conductor del sector de Ciencia y Tecnología que hubo
con posterioridad a la desaparición de Houssay. Su relieve de alguna
manera opaca a los que le precedieron y sucedieron después de su muerte.
Matera
como médico y humanista no solo "conocía la tela"
sino que era poseedor de una profunda vocación nacional. Esto lo llevó
a que de inmediato estuvo en funciones se pusiera en contacto con los cultores
de la ciencia y tecnología en todo el país. Expansivo como era,
aunque con la humildad que caracterizan a los hombres sabios, recaló
en todos los puntos del país en donde trabajaban científicos
y tecnólogos. Habló con todos y cada uno. No solo se interiorizaba
de sus quehaceres, sino que trataba de darles el apoyo que le requerían.
En primer lugar buscó resolver el tema salarial. El gobierno radical,
hiperinflación de por medio, nos había dejado los sueldos en
una magra cifra que oscilaba entre 50 y 200 dólares al mes. Habló
con quien tenía que hacerlo y logró que ellos treparan a 1000
dólares. El CONICET que en la etapa radical había sobrevivido
con presupuestos que escasamente llegaban a 150 millones de pesos, llevó
a la suma de los 225 millones que tuvo entre 1993 y 1994. El interior existió
a través de un organismo federal creado por Matera: la COFEyT y los
centros y unidades ejecutoras comenzaron a tener un auge hasta entonces desconocido.
La muerte de este gran hombre fue un golpe terrible para el sector. Lo siguió
Domingo Liotta, también hombre del peronismo histórico, quien
muy difícilmente trató de organizarse a la sombra de la revolucionaria
figura de Matera. Tratando de no perder el impulso federal que había
dejado su predecesor instrumentó una política de instalación
de nuevos centros científicos en el interior. Su error fue haberlos
concretados en lugares muy sensibles a la opinión pública: Diamante
y Anillaco. Con gran esfuerzo el presupuesto del CONICET fue reducido primero
a 211, luego a 205 hasta terminar en 1996, año en el que fue reemplazado
por Juan Del Bello, con 190 millones de pesos. A éste le tocó
comandar el sector contando con la participación de personas que, como
Rebeca Guber y el apoyo del hoy alicaído Foro de Sociedades Científicas,
nada aportaron para el buen lucimiento del gobierno del justicialismo. A Del
Bello le tocó terminar los centros de Anillaco, Concordia (no ocupado
y entregado a la provincia de Entre Rios) y Huinca Renancó (cedido
al municipio y la Universidad de Rio Cuarto). Al CONICET se le retiraron fondos
para hacer funcionar la Agencia de Promoción Científica y Tecnológica,
lo que implicó una nueva disminución presupuestaria, más
burocracia y muy poca promoción.
Esta
es la pequeña historia sobre la que hoy se desenvuelve un fuerte entredicho.
No debemos olvidarla para que cuando nuevamente transitemos el gobierno sepamos
poner las cosas en su lugar y hacer que el apoyo del estado a la Ciencia y
Tecnología tenga la inspiración necesaria en el accionar que
le cupo al Justicialismo cuando lo ejerció.
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