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Si gran parte de la población había cifrado sus expectativas en la Alianza, los meses de gestión transcurridos, no hacen más que demostrar que no sólo no se ha producido ningún cambio en la direccionalidad de la política nacional, sino que se han profundizado los lineamientos de la etapa menemista. Al impuestazo, le siguieron un fuerte ajuste económico, que afectó y afecta principalmente a los trabajadores del Estado; una reforma laboral que no hizo más que institucionalizar la fragilidad del poco empleo existente; la desregulación de las obras sociales; la profundización de la recesión económica, con el consecuente aumento del desempleo, parcialmente confirmado por Machinea; la continuidad de la violencia social e institucional; el retroceso frente al juzgamiento del robo de bebés y los juicios de la verdad, y tal vez lo mas preocupante de todo: la constatación de que no existe un plan ni un programa de gobierno. Mejor dicho se ha expuesto uno solo y tan pobre como lamentable: cumplir con las metas del F. M. I. y el Banco Mundial. Los estudiosos de las reformas neoliberales en América Latina preveían que, a las reformas estructurales de Menem, le seguiría en la etapa de De la Rúa, un avance en lo que llaman reformas de segunda generación: Modernización del Estado, de su administración y de sus instituciones, regulación de servicios públicos a través de una optimización de los entes reguladores, transparencia de los actos de gobierno, etc. Estas reformas suponen planificación y un conjunto de medidas encaminadas al logro del objetivo mentado de modernización. Hasta estos analistas están pasmados, ya que ninguna de las medidas tomadas hasta ahora responden a un plan estratégico. La única lógica subyacente parece ser la de caja: acotar gastos para cumplir con las metas fiscalistas. Podría decirse que el Presidente y su equipo de gobierno han trastocado los fines. La tan mentada modernización del Estado, parece sujeta a los ajustes que hay que seguir haciendo al pueblo para disminuir el "riesgo país". Y esto último, así como el cumplimiento de las metas fiscales, son las condiciones que el gobierno espera que fomenten la inversión externa. Apuestan a la inversión extranjera como motor de la economía argentina. Mientras esperamos el milagro, la debilidad estructural del Estado, ya en terapia intensiva, no resiste ninguna presión, ni siquiera la de los ciudadanos que se organizan para pedir mejoras mínimas en la calidad de vida (basta ver el tema del agua y las napas freáticas, que agobia los vecinos del conurbano y de ciudades como Bahía Blanca, mientras las prestatarias se enriquecen, y los gobiernos se tiran la pelota). En ese contexto muchos militantes peronistas proponemos seguir organizándonos para oponernos a las medidas del gobierno Nacional, que siguen generando zozobra y desesperanza en miles de hogares argentinos. Quienes apostamos a la reactivación del mercado interno, a la recuperación de herramientas de política económica y monetaria, queremos en esta hora -hasta que haya una dirigencia que proponga verdaderamente recuperar la iniciativa nacional y popular –apoyar las manifestaciones de los sectores gremiales, que han elaborado propuestas y se han opuesto a este modelo de capitalismo salvaje; tanto las manifestaciones contra el F.M.I. como contra la deuda externa ilegítima, así como las marchas en contra del ajuste, como gesto concreto de movilizarnos, frente a tanta mediocridad.- |
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