LA CRISIS DE LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA Y EL PERONISMO


por Hugo A. Franco

Este documento, escrito por el Compañero Hugo Franco, ex diputado nacional por la Juventud Peronista en el 73, data de diciembre de 1997, pero creemos que, por su vigencia, significa un valioso aporte para la discusión. Por su extensión, lo publicaremos en dos partes. He aquí la primera. La segunda estará en el proximo número.

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EL CAMBIO DE PARADIGMA HISTÓRICO

 

Cada vez es más evidente que en la actualidad ningún análisis político tiene validez sin considerar muy seriamente el enorme, rápido, e inesperado cambio de las condiciones históricas mundiales que no es exagerado calificar como crisis del pensamiento moderno. Sin embargo, este fenómeno suele no ser tenido en cuenta en los análisis políticos. Cuando por alguna razón se lo considera queda planteado como un teoricismo todavía no demasiado vinculado con aquella realidad. Si relacionamos los dos niveles, es posible afirmar que este cambio de escenario mundial ha distorsionado los parámetros fundamentales sobre los cuales, de una u otra manera, se habían edificado las diferentes visiones del mundo, y también, sus respectivas proyecciones a futuro.

Aunque no es objeto de este trabajo podemos mencionar algunas de las razones que se ocultan detrás de la actual crisis mundial de representación política, a la cual no es ajena nuestra actualidad nacional. La conciencia de que ninguna actividad humana puede ser concebida sin límites, pues la capacidad de destrucción del hombre ha superado varias veces la de su hábitat, plantea perentoriamente el agotamiento de los fundamentos del "libre mercado", o sea, la necesidad de modificar la concepción del desarrollo económico industrial indiscriminado. El acelerado agotamiento de recursos naturales imprescindibles, y la no menos acelerada polución del planeta, con los consecuentes cambios climáticos y morfológicos del mismo. El desarrollo de infinidad de nuevas tecnologías, que cambian la fisonomía de la estructura laboral. La globalización de la pobreza, o lo que es lo mismo, la aparición de una pobreza ambiental y marginal en todas las ciudades del mundo, con el consiguiente aumento de la violencia indiscriminada. Etc., etc.

 

 

EL CAMBIO EN LA ESTRUCTURA DEL PODER POLÍTICO

 

En realidad, esta ruptura de los marcos de referencia, forma parte de la crisis de transformación de una época histórica marcada a fuego por dos ejes fundamentales:

1) la concepción del desarrollo industrial, nacional y autónomo

2) el surgimiento de la mano de obra industrial como factor determinante del poder

En torno a esta problemática se dieron los enfrentamientos violentos más extremos entre concepciones del mundo, totalizantes e intransigentes, que le dieron el matiz cuya falta hoy llena de nostalgia la vida política: la heroicidad de sus acciones.

 

 

EL ESTADO BENEFACTOR

El concepto de Nación de fines del siglo XIX y principios del XX, fue concebido a la manera de una isla. Totalmente autárquica, autosostenida y a la búsqueda de su expansión sobre otras partes del mundo, o sea, sobre otras Naciones. Por esta razón, debía darse prioridad al desarrollo de las industrias de base, para alcanzar el nivel de potencia industrial que le permitiera reafirmar su insularidad, su soberanía, y según la necesidad de sus mercados, agrandar esa soberanía e imponerla donde y como fuera menester. El ámbito de las leyes regía lo interno a la Nación, fuera de ella, imperaba la ley del más fuerte, la conquista. Así, el enfrentamiento entre naciones, por el desarrollo de unas sobre otras, generó a lo largo de un siglo las luchas más sangrientas que tiene memoria la humanidad.

El segundo eje fundamental, estuvo dado por el hecho de que como consecuencia de este desarrollo industrial basado en grandes conglomerados fabriles, se produce el nacimiento de un nuevo y determinante factor de poder: la mano de obra obrera. En torno a la organización social, política de éste nuevo y necesario sector social a la búsqueda de sus derechos, pivoteó la contradicción principal de cualquiera de los sistemas políticos del siglo XX. Sea de la forma que sea, sindicato, partidos políticos, huelga o revolución, la demanda de mayor equidad y justicia produjo que el Estado, ya consagrado protagonista en la confrontación por el poder entre naciones, comenzara además a intervenir ostensiblemente en la organización social y empresaria.

Es así como la presencia directa y ejecutiva del Estado, no sólo responde a la pujante y necesaria presencia nacional (defensiva u ofensiva) en el tenso concierto ideológico mundial, sino también, al ordenamiento en vías a redistribuir el ingreso otorgándole un lugar más adecuado a este nuevo e indispensable factor productivo y de poder, la clase obrera.

 

 

HACIA EL ESTADO ÁRBITRO

En la posguerra, a partir de la segunda mitad de este siglo, comienza a transformarse la concepción de la soberanía nacional cerrada, producto de importantes cambios que van más allá de las posiciones ideológicas enfrentadas.

La reciente conciencia de que los "pobres" de un lado del mundo invaden cada vez con mayor facilidad el "otro" mundo; que aunque muriéndose de hambre en su tierra, polucionan y destruyen "todo" el mundo; que cuando se utilizan y destruyen los recursos naturales del mundo "pobre" se destruyen los de "todo" el mundo; y que cuando se vuelcan los residuos en "su" mundo también se destruye "todo" el mundo; ha reinstalado, quizá de una manera mucho más salvaje y contundente, los peligros del mundo del "libre mercado" que con la inviabilidad de la "Revolución Social" al viejo estilo, muchos creían que había desaparecido. Así, la presencia del sentimiento de pertenencia a "una sola tierra para todos" limita el ejercicio del poder en cualquiera de sus formas surgidas de la política de un indiscriminado desarrollo industrial.

De esta manera, a la vez que el Estado en lo externo va integrándose parcialmente a estructuras mayores que han diluido ya su condición de isla autosustentable; en lo interno, va disminuyendo también la acción del poder central como administrador directo. El Estado va especializándose en la tarea de establecer las reglas de juego y también los límites de los espacios dentro de los cuales dejará actuar, reservándose para sí el control, el poder de accionar sobre aquellos que los transgredan. Sobre la base de objetivos firmes y normas claras, el estado interviene solo cuando se transgreden los límites claramente prefijados. Mientras tanto, poco o nada es lo que denota su existencia. Fijados los marcos de la atinencia jurídica, comercial o técnica, mientras se mantenga el accionar dentro de los límites normados, el Estado no debe existir sino como facilitador.

 

DESCENTRALIZACIÓN DEL PODER

Este proceso de abandono de gran parte de las tareas que antes cumplía el poder central: el Gobierno, en manos del aparato de ejecución: la administración del Estado o la empresa privada, al ser un proceso de transformación de anteriores decisiones políticas en rutina administrativa implica la descentralización del poder.

Este proceso se da de dos maneras diferentes:

1) Privatización. El Estado abandona su rol directamente ejecutivo para pasar a ser el regulador de las actividades. De esta manera, transforma en actividad privada el mantenimiento de algunos aspectos de la cosa pública, que de ahora en más él regulará meticulosamente estableciendo los marcos del negocio privado.

2) Mayor responsabilidad en la perisferia. Las determinaciones que antes eran tomadas en niveles centrales de decisión, ahora lo son a niveles perisféricos del Estado. Por supuesto, estos últimos habrán ganado un notable mayor grado de independencia pero también de responsabilidad y por lo tanto, de necesidad de eficiencia, pues la agilidad de los sistemas de información hace que innumerables decisiones puedan ser tomadas muy cerca del ámbito de su aplicación sin por ello anarquizar la estructura del modelo en su conjunto.

Por el contrario, a la vez que la organización se descentraliza, el Estado Arbitro necesita como base indispensable de su funcionamiento, una alta centralización normativa, jurídica y sistemática además de una gran responsabilidad ejecutiva. Si observamos la evolución del Estado Benefactor al Estado Arbitro en los países europeos, vemos que el proceso de la descentralización del mismo no solo implica el mantenimiento de su capacidad y autoridad administrativa, sino que la misma, pareciera fortalecida a medida que se afirma su autonomía del poder central.

La posibilidad de esta transformación se encuentra determinada por dos aspectos: la capacidad de asumir mayor responsabilidad en los niveles inferiores de las organizaciones - o sea aumentar su independencia y a la vez su responsabilidad- y por la calidad normativa que regule como aplicarla. De la forma en que se amalgamen e interactúen estos dos términos, aparentemente opuestos pero siempre inseparables, resultará la mayor o menor eficiencia del proceso de descentralización.

Todo cambio - por abrupto que el mismo sea- implica la posibilidad de la continuidad histórica. Si bien es cierto que los dos procesos, él del "Estado Benefactor" y él del "Estado Arbitro" se basan en requerimientos diferentes para épocas diferentes, los dos apuntan a obtener una mayor racionalidad organizativa en sintonía con el medio concreto que la rodea.

 

LA PÉRDIDA DE IDENTIDAD

 

Pese a estar caracterizada más por una circunstancialidad económica de "salgamos como podamos" que por un plan coherente de adaptación a las nuevas condiciones históricas, el Gobierno Peronista de 1989 fue el primero que planteó la realidad anteriormente descripta, ya insoslayable, a juzgar por los acontecimientos mundiales de toda esa década.

El hecho es que la salida de un anterior proceso de desorden estructural e hiperinflación y la situación del marco político internacional, bastaron para que una mediana tranquilidad económica, pudiera ser transformado sin demasiadas resistencias, en un plan político que fue aceptado durante aproximadamente 6 años, más por las garantías de estabilidad monetaria que por las coherencias políticas con que fue encarado. Las medidas tendientes a recuperar la estabilidad económica son aquellas por las que es reconocido e indudablemente estará positivamente presente en los libros de historia del futuro. En cambio, el costo político de la coherencia, es decir, el para qué del proyecto, su proyección de futuro, tan poco tenido en cuenta antes del 26 de octubre pasado, son las cosas que pretendemos evaluar aquí.

 

LA INCONSCIENCIA

Si observamos con detenimiento los últimos siete años de vida política en la Argentina, es fácil ver que tres han sido las alternativas que de una manera muy larvada y confusa, han estado presente en sus no muy interesantes discusiones. A saber:

a) Que el Modelo de Estado Benefactor debiera ser reemplazado por un modelo superador caracterizado por un menor poder de ejecución y mayor poder de control.

b) Que el Modelo Benefactor - de la década del 30 a la del 80- solo fue un oscuro accidente de la historia mundial ocasionado por la necesidad de competir con el este comunista o por la demagogia de los gobiernos populistas (como lo expresa abiertamente el ing. Alsogaray y en general el liberalismo conservador) y que su "abandono" significa la vuelta a la buena senda de la ortodoxia capitalista de principios de siglo.

c) Que la pérdida del Modelo Benefactor, es solo un repliegue momentáneo - quizá también un accidente histórico- causado por la "deserción" de la URSS y el avance del "neocapitalismo". El objetivo - confusamente expresado por el FREPASO y a veces por algún dirigente Radical- consiste en la vuelta triunfal haciendo restallar el escarmiento, de la mano de algún tipo de revancha popular.

Aunque no se lo mencione frecuentemente, es correcto aseverar que, en el país, el modelo de Estado Benefactor fue esencialmente defendido y representado en lo teórico, por la Doctrina Peronista y en la práctica, por los gobiernos peronistas. Ya sea por la defensa de la independencia nacional y el rol del Estado Argentino de esa época en el concierto de las naciones, por la protección industrial y el desarrollo de una economía independiente, por el desarrollo de la seguridad social y el aumento del nivel de vida de los sectores humildes, o por la organización del movimiento obrero, su protagonismo y su inclusión como parte de la conducción política, el Peronismo en el gobierno fue para todo Latino América la interpretación más acabada de este modelo.

Por el hecho de que esta identificación sea tan evidente, y por el hecho de que haya sido el mismo Peronismo el primero que percibió y planteó a principios de esta década, el cambio del modelo de Estado que se estaba dando a nivel mundial, es que constituía para el mismo Peronismo, un factor esencial explicar con sentido de futuro - más allá del triunfalismo de la convertibilidad- las razones y el por qué de la evolución de un modelo a otro.

Es necesario tener en consideración que esta profunda crisis de reorganización del mundo y sus mercados, en general ha sido influenciada por el facilismo ideológico de la "victoria capitalista" después de la caída del "muro de Berlín". Por esta razón, las reestructuraciones del Estado frecuentemente han tenido las características duramente antisociales de lo que tan contradictoria como tristemente dio en llamarse la "Revolución Conservadora". Puede decirse que, más allá de cuan factible sea la posibilidad de evitar los sufrimientos sociales, a nivel mundial esta "Revolución" fue incapaz de percibir - y hoy está recogiendo los frutos de esa incapacidad- el mayor problema del desarrollo de un sistema mundial que se fundamenta en el aumento constante de sus mercados de consumo, pero que paradójicamente su estructura, al mismo tiempo los reduce, reduciendo la cantidad de población activa.

Así la situación, desde 1989 el Peronismo asumió un doble desafío político: por un lado, a la luz de los acontecimientos mundiales, la difícil tarea de evitar la imprevisión y el alto costo social, que traía adosado - tarde o temprano- un altísimo costo político, y por el otro, salvar su continuidad histórica de partido popular, es decir, su razón de ser, la tradición que lo identificaba a si mismo. Quizá no se pueda solo decir que su dirigencia no estuvo a la altura de las circunstancias, sino que fue alegremente inconsciente de ambas, con todas las consecuencias que ello implicaba y que ahora aflora con fuerza incontenible.

 

 

EL SUICIDIO

La Argentina de 1989 no estaba mínimamente preparada para esta discusión. El gobierno, después de algunas azarosas vacilaciones, encaró el desafío de la reforma en contra de la frontal oposición de las demás fuerzas políticas, incluso en contra de gran parte de una militancia silenciosa que no entendía por qué se debía encarar acciones aparentemente enfrentadas a las del Modelo Peronista. Y precisamente por eso, por la incomprensión de gran parte de la dirigencia política nacional, la misma se hizo para que estuviera concluida tan rápido como fuera posible.

El hecho de que el dinero obtenido por las empresas vendidas fuera destinado a tapar los agujeros de las deudas del Estado no fue tan grave como las características que la misma tuvo: apresurada y meramente comercial. En la doble tarea de descentralizar la ejecución administrativa del Estado y centralizar la conducción normativa del Gobierno radica todo aumento organizacional de la eficiencia. Una fórmula muy conocida por cualquier estudioso del comportamiento de las organizaciones sociales y repetida hasta el cansancio por el general Perón. Pero de ella, se realizó en forma circunscripta solo la primera, por supuesto, la más fácil. Es decir, sin programa alguno que elevara el plan más allá de una simple operación de venta y sin el más mínimo plan político que tuviera en cuenta que la operación debía formar parte de una profunda modificación del Estado, en la cual el mismo ganara en eficiencia y poder normativo, y además pudiera mitigar los riesgos de la desocupación, el Estado se dispersó pero de ninguna manera se jerarquizó.

Así fue como la transformación quedó inscripta en una mera reforma liberadora de "los años de estatismo" como tantas veces se repitió. Naturalmente, dentro de esa superficial descalificación, también estaba incluido el Peronismo. Sin ver, ni explicar, ni reconocer ningún cambio en las condiciones históricas mundiales ya descriptas (en las condiciones objetivas o en como quiera llamarse a las condiciones tecnológicas, económicas y sociales que hacen que las leyes administrativas de una nación de los años 40 sean muy diferentes a las de una de los años 90) el Peronismo en su acción de gobierno, mató a su propia tradición histórica. El Peronismo, un movimiento de profundas raíces culturales e ideológicas, asumió desprevenidamente la mencionada alternativa (b), la de Alsogaray. Por lo tanto, a partir de ese momento la discusión estuvo planteada entre dos tipos de conservadorismo: los que creían haber recuperado la Patria ordenada de principios de siglo y los que con nostalgia soñaban con recuperar las ruinas de un Estado colapsado en todas partes del mundo.

Así, el modelo de "Estado Benefactor", paradigma de una época gloriosa, quedó reducido a un triste desvío histórico de las leyes de la oferta y la demanda. Y así, La inconsciencia transformada en presunto sentido "autocrítico" se transformó en suicidio político y cultural. De esta manera, la ya de por sí difícil tarea de adaptación a un mundo que cambió aceleradamente en 20 años, no pudo escapar a los sofismas conservadores que confundían - no desinteresadamente- descentralización con deserción. De esta manera, estuvieron absolutamente ausentes las acciones tendientes a transformar al Estado en un conglomerado de organismos reguladores, planificadores, vigilantes y penalizadores de las actividades privadas dentro de los espacios económicos y legales del servicio público que el mismo Estado creaba.

continúa en el próximo número