EL
CAMBIO DE PARADIGMA HISTÓRICO
Cada
vez es más evidente que en la actualidad ningún análisis
político tiene validez sin considerar muy seriamente el enorme,
rápido, e inesperado cambio de las condiciones históricas
mundiales que no es exagerado calificar como crisis del pensamiento
moderno. Sin embargo, este fenómeno suele no ser tenido en cuenta
en los análisis políticos. Cuando por alguna razón
se lo considera queda planteado como un teoricismo todavía no
demasiado vinculado con aquella realidad. Si relacionamos los dos niveles,
es posible afirmar que este cambio de escenario mundial ha distorsionado
los parámetros fundamentales sobre los cuales, de una u otra
manera, se habían edificado las diferentes visiones del mundo,
y también, sus respectivas proyecciones a futuro.
Aunque
no es objeto de este trabajo podemos mencionar algunas de las razones
que se ocultan detrás de la actual crisis mundial de representación
política, a la cual no es ajena nuestra actualidad nacional.
La conciencia de que ninguna actividad humana puede ser concebida sin
límites, pues la capacidad de destrucción del hombre ha
superado varias veces la de su hábitat, plantea perentoriamente
el agotamiento de los fundamentos del "libre mercado", o sea,
la necesidad de modificar la concepción del desarrollo económico
industrial indiscriminado. El acelerado agotamiento de recursos
naturales imprescindibles, y la no menos acelerada polución del
planeta, con los consecuentes cambios climáticos y morfológicos
del mismo. El desarrollo de infinidad de nuevas tecnologías,
que cambian la fisonomía de la estructura laboral. La globalización
de la pobreza, o lo que es lo mismo, la aparición de una pobreza
ambiental y marginal en todas las ciudades del mundo, con el consiguiente
aumento de la violencia indiscriminada. Etc., etc.
EL
CAMBIO EN LA ESTRUCTURA DEL PODER POLÍTICO
En
realidad, esta ruptura de los marcos de referencia, forma parte de la
crisis de transformación de una época histórica
marcada a fuego por dos ejes fundamentales:
1)
la concepción del desarrollo industrial, nacional y autónomo
2)
el surgimiento de la mano de obra industrial como factor determinante
del poder
En
torno a esta problemática se dieron los enfrentamientos violentos
más extremos entre concepciones del mundo, totalizantes e intransigentes,
que le dieron el matiz cuya falta hoy llena de nostalgia la vida política:
la heroicidad de sus acciones.
EL
ESTADO BENEFACTOR
El
concepto de Nación de fines del siglo XIX y principios del XX,
fue concebido a la manera de una isla. Totalmente autárquica,
autosostenida y a la búsqueda de su expansión sobre otras
partes del mundo, o sea, sobre otras Naciones. Por esta razón,
debía darse prioridad al desarrollo de las industrias de base,
para alcanzar el nivel de potencia industrial que le permitiera reafirmar
su insularidad, su soberanía, y según la necesidad de
sus mercados, agrandar esa soberanía e imponerla donde y como
fuera menester. El ámbito de las leyes regía lo interno
a la Nación, fuera de ella, imperaba la ley del más fuerte,
la conquista. Así, el enfrentamiento entre naciones, por el desarrollo
de unas sobre otras, generó a lo largo de un siglo las luchas
más sangrientas que tiene memoria la humanidad.
El
segundo eje fundamental, estuvo dado por el hecho de que como consecuencia
de este desarrollo industrial basado en grandes conglomerados fabriles,
se produce el nacimiento de un nuevo y determinante factor de poder:
la mano de obra obrera. En torno a la organización social, política
de éste nuevo y necesario sector social a la búsqueda
de sus derechos, pivoteó la contradicción principal de
cualquiera de los sistemas políticos del siglo XX. Sea de la
forma que sea, sindicato, partidos políticos, huelga o revolución,
la demanda de mayor equidad y justicia produjo que el Estado, ya consagrado
protagonista en la confrontación por el poder entre naciones,
comenzara además a intervenir ostensiblemente en la organización
social y empresaria.
Es
así como la presencia directa y ejecutiva del Estado, no sólo
responde a la pujante y necesaria presencia nacional (defensiva u ofensiva)
en el tenso concierto ideológico mundial, sino también,
al ordenamiento en vías a redistribuir el ingreso otorgándole
un lugar más adecuado a este nuevo e indispensable factor productivo
y de poder, la clase obrera.
HACIA
EL ESTADO ÁRBITRO
En
la posguerra, a partir de la segunda mitad de este siglo, comienza a
transformarse la concepción de la soberanía nacional cerrada,
producto de importantes cambios que van más allá de las
posiciones ideológicas enfrentadas.
La
reciente conciencia de que los "pobres" de un lado del mundo
invaden cada vez con mayor facilidad el "otro" mundo; que
aunque muriéndose de hambre en su tierra, polucionan y destruyen
"todo" el mundo; que cuando se utilizan y destruyen los recursos
naturales del mundo "pobre" se destruyen los de "todo"
el mundo; y que cuando se vuelcan los residuos en "su" mundo
también se destruye "todo" el mundo; ha reinstalado,
quizá de una manera mucho más salvaje y contundente,
los peligros del mundo del "libre mercado" que con la inviabilidad
de la "Revolución Social" al viejo estilo, muchos creían
que había desaparecido. Así, la presencia del sentimiento
de pertenencia a "una sola tierra para todos" limita el ejercicio
del poder en cualquiera de sus formas surgidas de la política
de un indiscriminado desarrollo industrial.
De
esta manera, a la vez que el Estado en lo externo va integrándose
parcialmente a estructuras mayores que han diluido ya su condición
de isla autosustentable; en lo interno, va disminuyendo también
la acción del poder central como administrador directo. El
Estado va especializándose en la tarea de establecer las reglas
de juego y también los límites de los espacios dentro
de los cuales dejará actuar, reservándose para sí
el control, el poder de accionar sobre aquellos que los transgredan.
Sobre la base de objetivos firmes y normas claras, el estado interviene
solo cuando se transgreden los límites claramente prefijados.
Mientras tanto, poco o nada es lo que denota su existencia. Fijados
los marcos de la atinencia jurídica, comercial o técnica,
mientras se mantenga el accionar dentro de los límites normados,
el Estado no debe existir sino como facilitador.
DESCENTRALIZACIÓN
DEL PODER
Este
proceso de abandono de gran parte de las tareas que antes cumplía
el poder central: el Gobierno, en manos del aparato de ejecución:
la administración del Estado o la empresa privada, al
ser un proceso de transformación de anteriores decisiones políticas
en rutina administrativa implica la descentralización del
poder.
Este
proceso se da de dos maneras diferentes:
1)
Privatización. El Estado abandona su rol directamente ejecutivo
para pasar a ser el regulador de las actividades. De esta manera,
transforma en actividad privada el mantenimiento de algunos aspectos
de la cosa pública, que de ahora en más él regulará
meticulosamente estableciendo los marcos del negocio privado.
2)
Mayor responsabilidad en la perisferia. Las determinaciones que
antes eran tomadas en niveles centrales de decisión, ahora lo
son a niveles perisféricos del Estado. Por supuesto, estos últimos
habrán ganado un notable mayor grado de independencia pero
también de responsabilidad y por lo tanto, de necesidad de eficiencia,
pues la agilidad de los sistemas de información hace que innumerables
decisiones puedan ser tomadas muy cerca del ámbito de su aplicación
sin por ello anarquizar la estructura del modelo en su conjunto.
Por
el contrario, a la vez que la organización se descentraliza,
el Estado Arbitro necesita como base indispensable de su funcionamiento,
una alta centralización normativa, jurídica y sistemática
además de una gran responsabilidad ejecutiva. Si observamos la
evolución del Estado Benefactor al Estado Arbitro en los países
europeos, vemos que el proceso de la descentralización del mismo
no solo implica el mantenimiento de su capacidad y autoridad administrativa,
sino que la misma, pareciera fortalecida a medida que se afirma su autonomía
del poder central.
La
posibilidad de esta transformación se encuentra determinada por
dos aspectos: la capacidad de asumir mayor responsabilidad en los
niveles inferiores de las organizaciones - o sea aumentar su independencia
y a la vez su responsabilidad- y por la calidad normativa que regule
como aplicarla. De la forma en que se amalgamen e interactúen
estos dos términos, aparentemente opuestos pero siempre inseparables,
resultará la mayor o menor eficiencia del proceso de descentralización.
Todo
cambio - por abrupto que el mismo sea- implica la posibilidad de la
continuidad histórica. Si bien es cierto que los dos procesos,
él del "Estado Benefactor" y él del "Estado Arbitro" se
basan en requerimientos diferentes para épocas diferentes,
los dos apuntan a obtener una mayor racionalidad organizativa en sintonía
con el medio concreto que la rodea.
LA
PÉRDIDA DE IDENTIDAD
Pese
a estar caracterizada más por una circunstancialidad económica
de "salgamos como podamos" que por un plan coherente de adaptación
a las nuevas condiciones históricas, el Gobierno Peronista de
1989 fue el primero que planteó la realidad anteriormente descripta,
ya insoslayable, a juzgar por los acontecimientos mundiales de toda
esa década.
El
hecho es que la salida de un anterior proceso de desorden estructural
e hiperinflación y la situación del marco político
internacional, bastaron para que una mediana tranquilidad económica,
pudiera ser transformado sin demasiadas resistencias, en un plan político
que fue aceptado durante aproximadamente 6 años, más por
las garantías de estabilidad monetaria que por las coherencias
políticas con que fue encarado. Las medidas tendientes a
recuperar la estabilidad económica son aquellas por las
que es reconocido e indudablemente estará positivamente presente
en los libros de historia del futuro. En cambio, el costo político
de la coherencia, es decir, el para qué del proyecto,
su proyección de futuro, tan poco tenido en cuenta antes del
26 de octubre pasado, son las cosas que pretendemos evaluar aquí.
LA
INCONSCIENCIA
Si
observamos con detenimiento los últimos siete años de
vida política en la Argentina, es fácil ver que tres han
sido las alternativas que de una manera muy larvada y confusa, han estado
presente en sus no muy interesantes discusiones. A saber:
a)
Que el Modelo de Estado Benefactor debiera ser reemplazado por un modelo
superador caracterizado por un menor poder de ejecución y mayor
poder de control.
b)
Que el Modelo Benefactor - de la década del 30 a la del 80- solo
fue un oscuro accidente de la historia mundial ocasionado por la necesidad
de competir con el este comunista o por la demagogia de los gobiernos
populistas (como lo expresa abiertamente el ing. Alsogaray y en general
el liberalismo conservador) y que su "abandono" significa
la vuelta a la buena senda de la ortodoxia capitalista de principios
de siglo.
c)
Que la pérdida del Modelo Benefactor, es solo un repliegue momentáneo
- quizá también un accidente histórico- causado
por la "deserción" de la URSS y el avance del "neocapitalismo".
El objetivo - confusamente expresado por el FREPASO y a veces por algún
dirigente Radical- consiste en la vuelta triunfal haciendo restallar
el escarmiento, de la mano de algún tipo de revancha popular.
Aunque
no se lo mencione frecuentemente, es correcto aseverar que, en el país,
el modelo de Estado Benefactor fue esencialmente defendido y representado
en lo teórico, por la Doctrina Peronista y en la práctica,
por los gobiernos peronistas. Ya sea por la defensa de la independencia
nacional y el rol del Estado Argentino de esa época en el concierto
de las naciones, por la protección industrial y el desarrollo
de una economía independiente, por el desarrollo de la seguridad
social y el aumento del nivel de vida de los sectores humildes, o por
la organización del movimiento obrero, su protagonismo y su inclusión
como parte de la conducción política, el Peronismo
en el gobierno fue para todo Latino América la interpretación
más acabada de este modelo.
Por
el hecho de que esta identificación sea tan evidente, y por el
hecho de que haya sido el mismo Peronismo el primero que percibió
y planteó a principios de esta década, el cambio del modelo
de Estado que se estaba dando a nivel mundial, es que constituía
para el mismo Peronismo, un factor esencial explicar con sentido
de futuro - más allá del triunfalismo de la convertibilidad-
las razones y el por qué de la evolución de un modelo
a otro.
Es
necesario tener en consideración que esta profunda crisis de
reorganización del mundo y sus mercados, en general ha sido influenciada
por el facilismo ideológico de la "victoria capitalista"
después de la caída del "muro de Berlín".
Por esta razón, las reestructuraciones del Estado frecuentemente
han tenido las características duramente antisociales de lo que
tan contradictoria como tristemente dio en llamarse la "Revolución
Conservadora". Puede decirse que, más allá de cuan
factible sea la posibilidad de evitar los sufrimientos sociales, a nivel
mundial esta "Revolución" fue incapaz de percibir -
y hoy está recogiendo los frutos de esa incapacidad- el mayor
problema del desarrollo de un sistema mundial que se fundamenta en
el aumento constante de sus mercados de consumo, pero que paradójicamente
su estructura, al mismo tiempo los reduce, reduciendo la cantidad de
población activa.
Así
la situación, desde 1989 el Peronismo asumió un doble
desafío político: por un lado, a la luz de los acontecimientos
mundiales, la difícil tarea de evitar la imprevisión y
el alto costo social, que traía adosado - tarde o temprano- un
altísimo costo político, y por el otro, salvar su
continuidad histórica de partido popular, es decir, su razón
de ser, la tradición que lo identificaba a si mismo. Quizá
no se pueda solo decir que su dirigencia no estuvo a la altura de las
circunstancias, sino que fue alegremente inconsciente de ambas,
con todas las consecuencias que ello implicaba y que ahora aflora con
fuerza incontenible.
EL
SUICIDIO
La
Argentina de 1989 no estaba mínimamente preparada para esta discusión.
El gobierno, después de algunas azarosas vacilaciones, encaró
el desafío de la reforma en contra de la frontal oposición
de las demás fuerzas políticas, incluso en contra de gran
parte de una militancia silenciosa que no entendía por qué
se debía encarar acciones aparentemente enfrentadas a las del
Modelo Peronista. Y precisamente por eso, por la incomprensión
de gran parte de la dirigencia política nacional, la misma se
hizo para que estuviera concluida tan rápido como fuera posible.
El
hecho de que el dinero obtenido por las empresas vendidas fuera destinado
a tapar los agujeros de las deudas del Estado no fue tan grave como
las características que la misma tuvo: apresurada y meramente
comercial. En la doble tarea de descentralizar la ejecución
administrativa del Estado y centralizar la conducción
normativa del Gobierno radica todo aumento organizacional de la eficiencia.
Una fórmula muy conocida por cualquier estudioso del comportamiento
de las organizaciones sociales y repetida hasta el cansancio por el
general Perón. Pero de ella, se realizó en forma circunscripta
solo la primera, por supuesto, la más fácil. Es decir,
sin programa alguno que elevara el plan más allá de una
simple operación de venta y sin el más mínimo plan
político que tuviera en cuenta que la operación debía
formar parte de una profunda modificación del Estado,
en la cual el mismo ganara en eficiencia y poder normativo, y además
pudiera mitigar los riesgos de la desocupación, el Estado
se dispersó pero de ninguna manera se jerarquizó.
Así
fue como la transformación quedó inscripta en una mera
reforma liberadora de "los años de estatismo" como
tantas veces se repitió. Naturalmente, dentro de esa superficial
descalificación, también estaba incluido el Peronismo.
Sin ver, ni explicar, ni reconocer ningún cambio en las condiciones
históricas mundiales ya descriptas (en las condiciones objetivas
o en como quiera llamarse a las condiciones tecnológicas, económicas
y sociales que hacen que las leyes administrativas de una nación
de los años 40 sean muy diferentes a las de una de los años
90) el Peronismo en su acción de gobierno, mató a su
propia tradición histórica. El Peronismo, un movimiento
de profundas raíces culturales e ideológicas, asumió
desprevenidamente la mencionada alternativa (b), la de Alsogaray.
Por lo tanto, a partir de ese momento la discusión estuvo planteada
entre dos tipos de conservadorismo: los que creían haber
recuperado la Patria ordenada de principios de siglo y los que con nostalgia
soñaban con recuperar las ruinas de un Estado colapsado en todas
partes del mundo.
Así,
el modelo de "Estado Benefactor", paradigma de una época
gloriosa, quedó reducido a un triste desvío histórico
de las leyes de la oferta y la demanda. Y así, La inconsciencia
transformada en presunto sentido "autocrítico" se transformó
en suicidio político y cultural. De esta manera, la ya de
por sí difícil tarea de adaptación a un mundo que
cambió aceleradamente en 20 años, no pudo escapar a los
sofismas conservadores que confundían - no desinteresadamente-
descentralización con deserción. De esta manera,
estuvieron absolutamente ausentes las acciones tendientes a transformar
al Estado en un conglomerado de organismos reguladores, planificadores,
vigilantes y penalizadores de las actividades privadas dentro de los
espacios económicos y legales del servicio público que
el mismo Estado creaba.
continúa
en el próximo número