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—¿Falta
mucho para que el coronel me atienda?
El
secretario lo mira y él se siente un hombre insignificante, hundido
en un sillón demasiado blando; por momentos teme o quiere desaparecer;
pero aprieta en su bolsillo la carta de don Leopoldo y cobra nuevas fuerzas
para preguntar, sin sonrojarse:
—¿No
sabe si falta mucho?
—Apenas
salgan los estibadores —le contesta desganado—. Hay problemas con los
estibadores; y son cosas que sólo las puede arreglar el coronel.
Vuelve
a hundirse en el sillón. Hace mucho que espera. Puede contar las
baldosas una vez más, buscar arrugas en la camisa del secretario,
seguir con la mirada el vuelo de una mosca pegajosa; o recitar de memoria
la tabla de elementos: siempre le gustó la química; y la
literatura. Ensaya con las baldosas, y cuando está por la mitad
de la tabla periódica se siente afortunado, porque ve salir a los
estibadores, y detrás de ellos a ese hombre de gestos campechanos,
el rostro iluminado por una amplia sonrisa. El hombre despide a los estibadores
con apretones de manos y palmadas. Es el mismo que ha visto en algunos
periódicos y hasta en noticieros de cine: el coronel.
—¿Usted
me espera? —le pregunta.
—Sí,
mi coronel —responde—. Vengo de parte de don Leopoldo.
—Pero
pase a mi despacho, mi amigo —lo anima el militar.
El
coronel se sienta ante un escritorio de madera oscura; en medio tiene
un juego de tinteros con una estatuita de bronce de un herrero martillando
sobre una bigornia; a un costado, una lámpara. El coronel juega
con un abrecartas: se lo apoya en la palma de la mano y después
borra con el pulgar el punto rojo que le deja el estilete.
—La
carta de don Leopoldo —dice extendiéndosela.
El
coronel despliega la carta y sonríe. El hombre siente que ya vivió
ese momento. Después descubre que es sólo el recuerdo de
una noche, muchos años atrás, en el casino de oficiales
de El Palomar; del otro lado del escritorio no estaba el coronel, y la
carta que presentaba era de Ricaldoni.
—Este
Leopoldo… —sonríe el coronel— ¿Sabe, mi amigo? Yo respeto mucho
a Marechal…
El
coronel lo observa por encima del papel. Lo ve como un hombre insignificante,
vapuleado seguramente durante años por los territorios de la injusticia,
pero poseedor de una fuerza espiritual desbordante, casi prepotente. El
otro también lo mira y piensa que tiene poco de militar, salvo
el pelo rapado y renegrido y ese mentón poderoso; espera que el
coronel termine la carta.
—Usted
dirá. Nuestro amigo poeta escribe que necesita hacerme dos pedidos...
—Sí,
mi coronel. Si fuera posible.
—Hable,
hombre.
—Necesito
trabajo, mi coronel.
—Bien
—asiente—. Trabajo no se le niega a nadie. Ya hablaremos de eso. ¿Qué
otra cosa?
—Deseaba
pedirle por dos amigos que están en la cárcel.
—Eso
ya es más difícil, porque algo habrán hecho para
estar allí, ¿no? —el coronel entrecierra los ojos cuando sonríe—
¿Quiénes son esos amigos?
—Uno
se llama Enrique Irzubeta; nos conocemos desde los catorce años;
éramos inseparables; después lo perdí de vista hasta
que otro amigo de la adolescencia me informó que estaba preso por
falsificar un cheque. El segundo, El Rengo —se detiene para tragar saliva,
o tal vez para observar si el coronel hace un gesto de desagrado—, es
la persona más pura que he conocido; era como mi padre; y está
preso porque yo lo traicioné...
—Bueno,
bueno —balbucea el coronel—. Al menos es usted un hombre sincero. Porque
lo que dice es terrible. ¿Piensa que puedo ayudarlo después de
lo que me ha referido?
—Don
Leopoldo me ha animado diciéndome que todo hombre, por cretino
que sea, tiene posibilidades de redención. Si usted puede sacar
a El Rengo de la cárcel, a mí no me importaría que
me buscara para hacerme purgar mi traición...
—¿Y
el otro? ¿A ese Irzubeta también lo traicionó?
—No,
no lo traicioné. Enrique ya llevaba desde chico la cárcel
adentro. Como una enfermedad congénita, o como un destino, ¿me
entiende?
El
coronel sigue jugando con el abrecartas mientras lo escucha. En realidad
no sabe bien por qué lo escucha. Intuye que don Leopoldo desconoce
los antecedentes de ese hombre al que ha recomendado de buena fe. Pero
hay algo que lo obliga, tal vez el saberse la última tabla de salvación
de ese náufrago de la existencia, o el convencimiento de que la
confesión y el arrepentimiento redimen de la culpa.
—Supongamos
—el coronel mueve las manos con aire sacerdotal— que yo pudiera hacer
algo por sus amigos. No digo que pueda hacerlo, pero en el supuesto de
que sí, ¿usted se sentiría redimido?
—Sí,
mi coronel.
—Y
si yo no hiciera nada por ellos, ¿su gesto no sería igualmente
valioso? Es jodido, perdone la expresión y la franqueza, traicionar
a un amigo. Pero me parece intuir que ese Rengo, traicionado o no, iba
a terminar a donde está. Usted se ha arrepentido ya de lo que hizo
y está intentando reparar el daño. Pero es la Argentina
la que ha sido lastimada, a la que han falsificado, a la que han traicionado.
Y los que lo han hecho tampoco han tenido el valor de hacerse cargo, como
usted lo ha tenido. Ahora, fíjese, es como si tuviéramos
que fundar otra vez el país. ¿Qué haría usted, mi
amigo, por una Argentina nueva?
—Trabajar,
mi coronel —responde sin vacilación.
—¿Y
en qué trabajo se sentiría útil?
—No
pretendo nada, mi coronel. He vivido mendigando hasta ahora. He trabajado
en una librería de la calle Lavalle, en una papelería, unas
semanas en la Escuela de Aviación, varios años en la Patagonia...
Me gustaría trabajar con máquinas...
—Eso
puede arreglarse —sonríe el coronel—. Pero yo pensé que
me iba a pedir otra cosa. Don Leopoldo dice que usted es escritor. ¿Qué
está escribiendo?
—Una
novela, mi coronel —contesta el hombre orgulloso—. El protagonista es
alguien que existió; murió hace un par de años; otro
escritor: alguien a quien le gustaban los inventos y las ciencias ocultas;
alguien que tuvo que luchar contra todo para abrirse un camino; un escritor
para quien escribir era un lujo, porque no poseía rentas, ni tiempo,
ni empleos oficiales, pero que solía decir: "El futuro es
nuestro por prepotencia de trabajo". Quizá se llame Los
trabajos y los días —el coronel escucha esas palabras como
si el hombre estuviera hablando de política, no de novelas—. Se
llamaba Arlt, Roberto Arlt. El protagonista de mi novela. ¿Lo conoce?
El
coronel niega con la cabeza, pero tratando de sonreír. Tiene una
sonrisa sincera, llena de luz y de pan. Después se levanta, y el
hombre también. Caminan hacia la puerta del despacho mientras el
coronel le dice:
—Vamos
a ocuparnos de su asunto. Voy a pedir informes sobre Irzubeta y El Rengo,
pero no le prometo nada. Respecto al puesto, yo le aviso por don Leopoldo.
Pronto la Argentina va a llenarse de fábricas, y seguramente usted
podrá ganarse la vida manejando alguna máquina.
—Gracias,
mi coronel.
El
militar presiente que ese hombre ha tenido en la vida muy pocas oportunidades
de dar las gracias. Le da un apretón de manos y lo sigue con la
mirada hasta que desaparece por el pasillo. Después entra al despacho
con el secretario.
—Por
hoy fue bastante —le comenta— ¿Qué le parece el que se acaba de
ir?
El
secretario hace una mueca con la boca:
—¿Silvio
Astier? Un vago, mi coronel. Como salido de una novela. Creo conocer bien
a los de esa clase: con el pretexto del arte andan por los ministerios
pidiendo que los mantengan. Con gente así no vamos a ningún
lado, mi coronel.
El
coronel lo mira con un esbozo de lástima. Piensa que el alma de
un traidor es seguramente más honda que la del que siempre obedeció
órdenes; que hay cierta grandeza en buscar la redención
al precio de ventilar las propias miserias; que han sido necesarias muchas
generaciones de inoperancias y despilfarros para que las calles estén
llenas con hombres como ese Silvio Astier que acaba de irse.
—Muchas
veces dijimos que hay que construir un país, ¿no? —le recuerda
al asistente.
—Eso
decimos siempre, mi coronel.
—Y
bueno, mi amigo: un país se levanta con los mismos elementos con
que mis paisanos de Lobos levantan sus ranchos. Ocúpese de Astier,
por favor.
El
coronel ya va por el pasillo cuando el secretario lo detiene:
—¿Con
qué materiales se levanta un rancho, mi coronel?
—¿Cómo?
—sonríe— ¿Usted es argentino y no lo sabe?
El
otro se encoge de hombros. El coronel se demora deliberadamente antes
de contestar:
—Con
barro y bosta, compañero.
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