- Por El General - responden los otros.
No saben bien lo que están bebiendo. Todos los años es igual: alguien trae
una botella guardada desde hace mucho y que en algún momento se destinó Para
cuando vuelva El General. Y esa es la noche de descorcharla: como si ese
acto comprometiera mágicamente a El General a regresar al país.
- Lástima que perdió la efervescencia - comenta Oscar.
- Mejor así - añade El Moncho. Quedó como un licor.
También El General es ahora como un vino espumante que perdió las burbujas
y que a fuerza de años en lo oscuro, en el exilio, fue concentrando su aroma,
su leyenda.
Isabel y La Negra se llevan los vasos. Gino y El Moncho prenden un cigarrillo.
Piensan en la cara de El General y en cómo el tiempo lo habrá trabajado. Igual
que a esa bebida del brindis. Igual que a una estatua azotada por un viento
arenoso. Poco les importa lo que su carne haya sufrido. En el recuerdo de
Gino, de los seis, el rostro de El Caudillo vive eterno, como una máscara
de oro. De la cocina viene el ruido de un chorro de agua y de vidrios que
tintinean en la pileta. Las mujeres vuelven, Isabel secándose las manos en
un trapo.
- Ya son casi las dos - advierte El Moncho.
- En Madrid estará amaneciendo - arriesga Isabel. Y el nombre de Madrid tintinea
en la casa como un momento antes los vasos en la pileta.
- Estará amaneciendo - asegura Julio. Pero El General ya habrá despegado.
- Vendrá cruzando el océano - la que imagina es La Negra.
- O estará haciendo escala en Brasil - propone Oscar.
Las frases son más o menos las mismas, año tras año, como piezas de una liturgia.
Después del brindis, siempre se permiten unos momentos de ensoñación. No saben
- o quizás lo intuyen muy vagamente - que en muchas partes del mundo hay hombres
y mujeres como ellos. Hombres y mujeres de madrugadas ansiosas, que desde
hace muchos años esperan la llegada de un caudillo, de un mesías, desde el
cielo o desde el mar, desde la montaña o desde el llano.
Es El Moncho el que quiebra la ensoñación, como si pisara una tela de escarcha:
- Vamos ahora.
Entonces aparecen todas esas latas rellenas con estopa. Relucientes, porque
cada año son nuevas. Gino y La Negra las van juntando pacientemente semana
a semana. Toda vez que comen duraznos al natural, sin decir palabra a los
chicos lavan la lata y la ponen con las otras en el galponcito del fondo.
También aparecen el bidón con su líquido negro, las linternas, los fósforos.
Julio se asoma a la puerta, y aunque es octubre, se cuela una racha de frío.
Después, como todos lo suponían, anuncia:
- No hay nadie. Vamos.
Salen en grupos de a dos, espaciados. Recorren con pasos seguros las últimas
calles, desiertas, de Villa Maizales. Pasan cerca de la casa de Gino, y La
Negra piensa en los chicos, si dormirán bien, si se habrán dado cuenta de
que ellos no están. Ahora van entrando en los descampados. Gino se detiene
un instante y olfatea: viene de los sembradíos olor a hinojo y a menta, y
a otros yuyos que no distingue. Se juntan los seis, tácitos, sumergidos hasta
las rodillas en la bruma de la madrugada. Este año le toca al campo de Ugarteche.
- Lástima esta niebla - comenta finalmente Oscar, con el mismo tono con que
antes había lamentado la falta de efervescencia de la bebida.
- Mejor así - responde El Moncho. Quién sabe si desde el avión no se verá
más impresionante.
Son cinco los que se dedican a colocar las latas rellenas de estopa. Se mueven
con seguridad, apenas encendiendo de tanto en tanto las linternas para ver
adónde pisan. Van formando un enorme dibujo sobre el suelo: una ve gigantesca
abriendo sus brazos sobre una pe, iguales a las que tantas veces pintan furtivamente
en la corteza de los árboles, en los asientos de los trenes, en las puertas
de los escusados, en las paredes de los baldíos.
Todas esas cosas y otras muchas hemos hecho por su vuelta, mi General. Pero
ninguna que nos acercara más a usted que este mantener vivo el fuego del diecisiete,
para alumbrarlo en su regreso, piensa El Moncho mientras empapa la estopa
con ese líquido negro y une todas las latas con una mecha. En silencio, se
reúnen detrás del vértice de la ve. Se escuchan cercanos los silbidos de un
tren que va lejos. Este año es La Negra la encargada de prender la mecha.
El fuego se va extendiendo de lata en lata hasta formar ese emblema bituminoso.
Un humo espeso sube desde la niebla, y allá arriba, un viento fresco lo desparrama
por el pueblo. El olor a petróleo se mete por las rendijas de las casas y
llena a los que duermen de sueños inquietantes.
En la veneración de su obra, todos creen que cuando El General vuele en su
avión negro sobre Villa Maizales, quizás en pocas horas, verá en la inmensidad
de la noche ese símbolo de fuego de la victoria. Sólo Julio piensa que quizás
El Caudillo no lo perciba, ensimismado en sus pensamientos. Pero que alguno
de sus íntimos seguramente se lo señalará: Vea, mi General, los muchachos
de la Resistencia lo saludan. En cambio El Moncho, hipnotizado por el
fuego, cree con firmeza que lo descubrirá, y que preguntará a quien tenga
al lado: ¿Quiénes habrán sido los de esa idea, che? Todos tiene la
esperanza de que, cuando El General esté nuevamente entre ellos, lo primero
que haga sea ir a Villa Maizales, como aquella vez, cuando se inauguró el
dispensario. Y que les estreche las manos y los mire a los ojos, solamente
eso. Y que en la mirada, como el Maestro a los discípulos, los reconozca.
La noche se los traga.
Los del pueblo ya hace mucho que se han dado cuenta de esa liturgia. Pero
nadie lo dice. Porque a pesar del tiempo, está muy viva la imagen de cuando
El General inauguró el dispensario. Si alguno de afuera percibe los fuegos
y pregunta, la respuesta es siempre parecida:
- Acá somos muy ignorantes, señor. Y muy supersticiosos. Nadie anda por los
campos cuando oscurece por miedo a esos fuegos. Anoche le tocó a Ugarteche,
pero todos los años sucede lo mismo. Otra vez han andado las brujas maldiciendo
los choclos.