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RINCON LITERARIO
LOS FUEGOS DE OCTUBRE
por Guillermo Pilía *

 

"Llego sin odios y sin pasiones, casi desencarnado."
Juan Domingo Perón, 20/6/73

      -¿Vendrá esta noche?

      El recién llegado es Oscar. Los otros ya están adentro.

      - Hoy es diecisiete - responde Julio.

       - Hoy ya es diecisiete - aclara Oscar -. Traje algo para el brindis - anuncia sacando una botella que llevaba oculta en la campera -. La tengo guardada desde hace mucho
- comenta -. Esperando el regreso de El General.

      El año pasado fue El Moncho quien sacó una garrafa con la etiqueta corroída por los años y dijo Traje algo para el brindis. La tengo guardada desde hace mucho.

      - Voy a buscar las copas - anuncia Julio.

      La primera vez que lo hicieron no tenían vasos, así que se pasaron la botella y tomaron todos del pico. Incluso Isabel y La Negra, que en tales circunstancias eran como dos compañeros más. Pero a partir de allí siempre hubo donde beber, y el dueño de casa tenía que anunciar Voy a buscar las copas. Aunque sólo fueran vasos de vidrio ordinario.

       - Por El General - brinda Gino como si se cuadrara.

      - Por El General - responden los otros.

      No saben bien lo que están bebiendo. Todos los años es igual: alguien trae una botella guardada desde hace mucho y que en algún momento se destinó Para cuando vuelva El General. Y esa es la noche de descorcharla: como si ese acto comprometiera mágicamente a El General a regresar al país.

      - Lástima que perdió la efervescencia - comenta Oscar.

      - Mejor así - añade El Moncho. Quedó como un licor.

      También El General es ahora como un vino espumante que perdió las burbujas y que a fuerza de años en lo oscuro, en el exilio, fue concentrando su aroma, su leyenda.

      Isabel y La Negra se llevan los vasos. Gino y El Moncho prenden un cigarrillo. Piensan en la cara de El General y en cómo el tiempo lo habrá trabajado. Igual que a esa bebida del brindis. Igual que a una estatua azotada por un viento arenoso. Poco les importa lo que su carne haya sufrido. En el recuerdo de Gino, de los seis, el rostro de El Caudillo vive eterno, como una máscara de oro. De la cocina viene el ruido de un chorro de agua y de vidrios que tintinean en la pileta. Las mujeres vuelven, Isabel secándose las manos en un trapo.

      - Ya son casi las dos - advierte El Moncho.

      - En Madrid estará amaneciendo - arriesga Isabel. Y el nombre de Madrid tintinea en la casa como un momento antes los vasos en la pileta.

      - Estará amaneciendo - asegura Julio. Pero El General ya habrá despegado.

      - Vendrá cruzando el océano - la que imagina es La Negra.

      - O estará haciendo escala en Brasil - propone Oscar.

      Las frases son más o menos las mismas, año tras año, como piezas de una liturgia. Después del brindis, siempre se permiten unos momentos de ensoñación. No saben
- o quizás lo intuyen muy vagamente - que en muchas partes del mundo hay hombres y mujeres como ellos. Hombres y mujeres de madrugadas ansiosas, que desde hace muchos años esperan la llegada de un caudillo, de un mesías, desde el cielo o desde el mar, desde la montaña o desde el llano.

      Es El Moncho el que quiebra la ensoñación, como si pisara una tela de escarcha:

      - Vamos ahora.

      Entonces aparecen todas esas latas rellenas con estopa. Relucientes, porque cada año son nuevas. Gino y La Negra las van juntando pacientemente semana a semana. Toda vez que comen duraznos al natural, sin decir palabra a los chicos lavan la lata y la ponen con las otras en el galponcito del fondo. También aparecen el bidón con su líquido negro, las linternas, los fósforos. Julio se asoma a la puerta, y aunque es octubre, se cuela una racha de frío. Después, como todos lo suponían, anuncia:

      - No hay nadie. Vamos.

      Salen en grupos de a dos, espaciados. Recorren con pasos seguros las últimas calles, desiertas, de Villa Maizales. Pasan cerca de la casa de Gino, y La Negra piensa en los chicos, si dormirán bien, si se habrán dado cuenta de que ellos no están. Ahora van entrando en los descampados. Gino se detiene un instante y olfatea: viene de los sembradíos olor a hinojo y a menta, y a otros yuyos que no distingue. Se juntan los seis, tácitos, sumergidos hasta las rodillas en la bruma de la madrugada. Este año le toca al campo de Ugarteche.

      - Lástima esta niebla - comenta finalmente Oscar, con el mismo tono con que antes había lamentado la falta de efervescencia de la bebida.

      - Mejor así - responde El Moncho. Quién sabe si desde el avión no se verá más impresionante.

      Son cinco los que se dedican a colocar las latas rellenas de estopa. Se mueven con seguridad, apenas encendiendo de tanto en tanto las linternas para ver adónde pisan. Van formando un enorme dibujo sobre el suelo: una ve gigantesca abriendo sus brazos sobre una pe, iguales a las que tantas veces pintan furtivamente en la corteza de los árboles, en los asientos de los trenes, en las puertas de los escusados, en las paredes de los baldíos.
Todas esas cosas y otras muchas hemos hecho por su vuelta, mi General. Pero ninguna que nos acercara más a usted que este mantener vivo el fuego del diecisiete, para alumbrarlo en su regreso,
piensa El Moncho mientras empapa la estopa con ese líquido negro y une todas las latas con una mecha. En silencio, se reúnen detrás del vértice de la ve. Se escuchan cercanos los silbidos de un tren que va lejos. Este año es La Negra la encargada de prender la mecha. El fuego se va extendiendo de lata en lata hasta formar ese emblema bituminoso. Un humo espeso sube desde la niebla, y allá arriba, un viento fresco lo desparrama por el pueblo. El olor a petróleo se mete por las rendijas de las casas y llena a los que duermen de sueños inquietantes.

      En la veneración de su obra, todos creen que cuando El General vuele en su avión negro sobre Villa Maizales, quizás en pocas horas, verá en la inmensidad de la noche ese símbolo de fuego de la victoria. Sólo Julio piensa que quizás El Caudillo no lo perciba, ensimismado en sus pensamientos. Pero que alguno de sus íntimos seguramente se lo señalará: Vea, mi General, los muchachos de la Resistencia lo saludan. En cambio El Moncho, hipnotizado por el fuego, cree con firmeza que lo descubrirá, y que preguntará a quien tenga al lado: ¿Quiénes habrán sido los de esa idea, che? Todos tiene la esperanza de que, cuando El General esté nuevamente entre ellos, lo primero que haga sea ir a Villa Maizales, como aquella vez, cuando se inauguró el dispensario. Y que les estreche las manos y los mire a los ojos, solamente eso. Y que en la mirada, como el Maestro a los discípulos, los reconozca.

      La noche se los traga.

      Los del pueblo ya hace mucho que se han dado cuenta de esa liturgia. Pero nadie lo dice. Porque a pesar del tiempo, está muy viva la imagen de cuando El General inauguró el dispensario. Si alguno de afuera percibe los fuegos y pregunta, la respuesta es siempre parecida:

      - Acá somos muy ignorantes, señor. Y muy supersticiosos. Nadie anda por los campos cuando oscurece por miedo a esos fuegos. Anoche le tocó a Ugarteche, pero todos los años sucede lo mismo. Otra vez han andado las brujas maldiciendo los choclos.

Guillermo E. Pilía nació en La Plata, Argentina, en 1958. Es egresado en Letras, docente y escritor. Fue asesor de cultura de ambas cámaras de la provincia de Buenos Aires. Durante la gobernación de Antonio Cafiero se desempeñó como director de Museos, Monumentos y Sitios Históricos de la Provincia, y tuvo a su cargo la reapertura del Museo "Presidente Perón" de Lobos y la restauración de la casa natal de Eva Perón en Los Toldos. Ha publicado varios libros de poesías, cuentos y ensayos, por los que recibió numerosos premios nacionales, tres premios en España y recientemente un primer premio de poesía en Francia. Actualmente trabaja en el Archivo Histórico de la Provincia.